Hoy decidí escribir más tarde que de costumbre, lo hice intencionalmente aprovechando que los medios digitales permiten esa posibilidad, quería esperar a ver qué pasaba hoy, cómo se configuraban las acciones por la conmemoración de los hechos del doloroso e ignominioso 2 de octubre de 1968.

He leído algunas opiniones en medios que rememoran y llaman la atención sobre distintas aristas del tema; sobre el papel del movimiento como origen para en la incipiente democracia mexicana de nuestros días, sobre historias y anécdotas de quienes estuvieron ahí y de quienes no pero vivieron de cerca (por un familiar, amigo o vecino) alguna situación de ese día.

No obstante sigo sintiendo ausente un tema, el de los medios, el del silencio incómodo de quienes guardaron silencio o matizaron lo ocurrido la tarde del miércoles 2 de octubre de 1968; de quienes la mañana del 3 de octubre no llevaban absolutamente nada en sus portadas y quienes lo hicieron, dieron vuelo a la versión oficial a la del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz.

Hoy también es un día para recordar que parte de esa ignominia recae en los medios de comunicación que, escudados en la justificación absurda de la presión político-gubernamental, le dieron amplio vuelo a las versiones oficiales de lo ocurrido esa tarde, porque el hecho era inocultable y por ello había que justificarlo.

Recordemos que la ausencia de Internet y las redes sociales obligaba a otros tiempos para informarse, había que esperar al día siguiente para saber lo que había ocurrido, el noticiero televisivo se transmitía poco antes de las 19:00 y no había teléfonos celulares para transmitir en vivo a la radio (además de que las líneas telefónicas fueron cortadas en la zona horas antes de la masacre).

Así que la forma más común de enterarse de lo ocurrido la tarde del 2 de octubre fue a través de los medios impresos cuya información se limitó a consignar los disparos en Tlatelolco y a difundir las cifras oficiales: una veintena de muertos, menos de una centena de heridos y una cantidad absurda de detenidos.

Para precisar: Excelsior cabeceó “Recio Combate al Dispersar el Ejército un mitin de Huelguistas” y complementó “20 Muertos, 75 Heridos, 400 Presos”; Novedades diría “Balacera entre Francotiradores y el Ejército en Ciudad Tlatelolco” y agregaba “Datos Obtenidos: 25 Muertos, y 87 Lesionados: El Gral. Hernández Toledo y 12 Militares más están heridos”; El Universal informó así “Tlatelolco, Campo de Batalla” y seguía “Durante Varias Horas Terroristas y Soldados Sostuvieron Rudo Combate” además de “29 Muertos y más de 80 Heridos en Ambos Bandos; 1000 Detenidos”; El Sol de México “El Objetivo: Frustrar los XIX Juegos”, sobre el titular “Manos Extrañas se Empeñan en Desprestigiar a México”, de balazo “Francotiradores Abrieron Fuego Contra la Tropa en Tlatelolco” y consignaba “Heridos un General y 11 Militares; 2 Soldados y más de 20 Civiles Muertos en la Peor Refriega”.

Parece que se escucha a Luis Echeverría o al propio Díaz Ordaz dictando los cabezales y complementos informativos a los editores de los diarios que esa noche del 2 de octubre de 1968 pasaban a imprenta una de las más lamentables ediciones que el periodismo mexicano pueda tener en su historia.

Nadie habló del Batallón Olimpia, nadie consignó la presencia de los hombres del guante o el pañuelo blanco, ninguno se atrevió a cuestionar que se abriera fuego contra la población ahí presente, un grupo conformado por hombres, mujeres, jóvenes e incluso niños que se sentían confiados de que su movimiento sería escuchado y atendido, porque así mintió el gobierno.

La masacre de 1968 fue un violento golpe de realidad para la población mexicana que poco a poco se dio cuenta que su gobierno es capaz de actuar en contra de la población, que supo que existían y operaban en México comandos paramilitares como el Batallón Olimpia que hizo que nadie dudara después de la presencia y acción de “Los Halcones” tres años más tarde en un “Jueves de Corpus”.

El 2 de octubre no debe olvidarse en las redacciones de los medios, nuevos y viejos, porque ese día de 1968 los responsables de informar se volvieron cómplices y comparsas de un gobierno autoritario que fue capaz de dirigir las armas y accionarlas contra su propio pueblo, contra su propia gente, contra niños, mujeres, jóvenes y hombres que solo querían ser escuchados y atendidos.

Los medios, como elementos de la sociedad, le debemos a esas personas una tremenda y sentida disculpa por callar, por ser parte, por hacer eco a la acusación que los tachó de “terroristas”, por quedarnos solo con la versión oficial, por no preguntar a los sobrevivientes, por ni buscar a los desaparecidos, por no exigir nombres de los muertos, pero sobre todo por ser jueces en un momento en el que lo que más se necesitaba era informadores.

Es por el 2 de octubre de 1968 que los medios también necesitamos reflexionar sobre nosotros mismos, sobre lo que históricamente hicimos, es por eso que necesitamos decirle a la gente que fallamos esa tarde y los días siguientes y asumirlo como una afrenta que hay que resarcir de la única manera que puede hacerse: nunca más permitir la censura (mucho menos la autocensura para agradar o complacer al gobierno en turno), nunca dejar de cuestionar, nunca ser comparsa.

Cada vez que un medio se vuelve servil, cada vez que un funcionario pide desde las oficinas de comunicación social o cualquier otra que se guarde silencio o se tergiverse la información, estamos fallando a ellos que fueron señalados y acusados de “terroristas”, estamos volviendo a escribir los cabezales y titulares de esos medios que fueron juez y parte y que fallaron en su labor informativa.

Que el 2 de octubre no se olvide nunca, en ninguna redacción, en ningún medio, en ningún comunicador, en ningún estudiante de comunicación o periodismo porque es la única manera de recordar el valor de la libertad de expresión y de la libertad de prensa; tan necesarias y urgentes en el México de hoy, en el de la incipiente democracia, en el de los asesinatos y secuestros, el de la delincuencia organizada y la violencia desmedida; porque el silencio no solo duele, cuesta y quien paga es la sociedad de la que también somos.

J. Israel Martínez Macedo