Hablar de gestión cultural, puede resultar bastante complicado, empezando porque, a pesar de ser algo cada vez más común y que pareciera estar de moda, poco se sabe sobre el campo de acción de la actividad en cuestión y de lo que un gestor cultural, personaje muchas veces bocabajeado y poco comprendido hace; aún cuando ha sido el que hacer de científicos sociales como los Comunicólogos, Politólogos, Sociólogos y Antropólogos, desde hace una buena cantidad de años.

Por más paradójico que pueda sonar, esa es la realidad; muy de moda, pero poco conocido el trabajo del administrador de los bienes culturales, que en muchos de los casos y luchando contra burocracia y falta de presupuesto, tiene que buscar la manera de materializar lo que pudiera parecer una utopía: hacer rentable la cultura.

Y ahí, una nueva contradicción, y es que creemos que lo “cultural”, se refiere al arte y más específicamente a las expresiones de las ramas artística, que muchas veces pueden llegar a ser elitistas; sin embargo, la cultura es todo aquello que produce el ser humano, tanto material como inmaterial, y por ende, todo es cultura.

Seguramente habrá quien en este punto diga: “entonces hay que ver de todo y proponer de todo en los eventos y en las actividades que los institutos de cultura desarrollan”, algo que también puede ser un error, en todo caso, se deben promover todas las expresiones culturales de calidad, que puedan aportar algo al consumidor y así, enriquecerlo.

En fin, regresando al tema de la gestión, creemos también (equivocadamente) que el gestor cultural es un ser que solo habita los ecosistemas de las instituciones y por ello, solo hay gestión cultural en el gobierno, pero no es así, de hecho, por lo menos en nuestro país, hay una fuerte tendencia de esta actividad, en el campo de la independencia.

Hacer un concierto, organizar un ciclo de cine, crear círculos de lectura, promover presentaciones literarias y hasta llevar agrupaciones dancísticas o musicales a un centro comercial, son gestión cultural, a veces no tan exitosa, porque quienes decimos consumir este tipo de propuestas, nos interesamos poco en aquellas que no incluyen grandes nombres en sus programaciones o bien, que pensamos –sin certeza además- que lo que ahí encontraremos, no va a ser de nuestro agrado.

En mis constantes visitas a Bogotá y Medellín, he quedado asombrado con la cantidad de iniciativas que hay, tanto desde las que Idartes y las alcaldías, además del sector empresarial proponen, Colombia se ha vuelto, al igual que Chile y Argentina –por mencionar algunos- en referentes para la gestión cultural exitosa, pues los públicos a quienes van dirigidas, están ávidos de ellas y lo más importante, asisten y las consumen.

En México nos quejamos y exigimos a instituciones y promotores, que hagan eventos cada vez más grandes y con agrupaciones de mayor renombre, pero no queremos pagar un boleto ni asistir a los eventos y es por eso que las cancelaciones, como lo que pasó recientemente con Os Mutantes en el Foro Independencia de Guadalajara, se están convirtiendo en el pan nuestro de cada día.

El hecho es que por más gestión y gestores culturales que existan, si los espectadores no hacemos lo que nos corresponde –estar presentes- y con ello garantizamos el éxito de una empresa (léase como emprendimiento), en lugar de tener mayores posibilidades y una agenda cultural más amplia, nos quedaremos con menos o condenaremos al fracaso a los esfuerzos de quienes, como ya dijimos al inicio, buscan materializar utopías, aún a costa del bienestar personal.

José Antonio Martínez Ramírez “El H”