Pasión por el consumo y desecho del ser humano.


En esta sociedad capitalista en la que nuestra existencia gira en torno a los mercados, esos lugares donde todo es susceptible de ser comprado y vendido por unas monedas, y que ocupan la posición central desde donde se organizan el resto de esferas de la vida, no es de extrañar que se nos venda un amor socialmente construido sobre la base de unos mitos heredados de un modelo nacido en el s. XVIII con el Romanticismo.

La realidad muestra que lo único que provocan estos mitos cuyas cadenas aún arrastramos es frustración y desengaño, pues nada tienen que ver con nuestro día a día. De ese modo se configura todo un sistema de control que no hace más que perpetuar el orden social establecido, y por tanto las relaciones de poder entre sexos a través de la reproducción de roles y estereotipos basados en unas creencias, que por mitificadas, son falsas.

Y es que, siguiendo los designios del capitalismo patriarcal y auspiciado por el romanticismo de película “Disney”, Cupido nos envía flechas de machismo encubiertas para que sigamos esperando a nuestra media naranja, esa persona que tenemos predestinada, que vendrá a completarnos y con la que “viviremos felices y comeremos perdices”, pues es la única posible.

De esta manera, seguimos comprando y por tanto consumiendo, como parte de esas necesidades inventadas por los medios de comunicación de masas, un modelo de amor elevado a los altares en los cuentos de príncipes azules y princesas rosas, cuentos que luego continúan su recorrido en forma de historias a través del cine, de relatos mudos de papel y canciones a todo volumen.

¿Y cuál es el precio de todo esto?

La respuesta es sencilla. Como consecuencia de este modelo de amor se construyen relaciones desiguales y asimétricas, que actúan como caldo de cultivo para que germinen las raíces de la violencia de género.

No por casualidad, según los datos de la OMS (2013), el 30 % de las mujeres sufrirán violencia de género por parte de sus parejas en algún momento de su vida. Y todo ello en nombre del amor.

Los 61 hombres que asesinaron el año pasado a sus parejas dijeron estar enamorados de ellas, muchos celebraron San Valentín a la luz de las velas, algunos hicieron promesas de amor eterno… pero todos terminaron quitándoles la vida.

Por: Carolina Martín Martín.

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