Tres discursos dominan el escenario de las campañas: por un lado el que “las encuestas no significan nada y por lo tanto la elección no está definida”; por el otro un notable cambio en el radicalismo de AMLO que flexibiliza sus posicionamientos en diversos temas como el del aeropuerto alterno de la Ciudad de México o su relación con los principales empresarios del país quienes, por cierto, siguen desconfiando de él; y además el de las denuncias a diestra y siniestra.

El tema de las encuestas se ha salido de control, no solo en la carrera presidencial sino en las elecciones locales. De todos tamaños y colores, más que un ejercicio demotécnico de medición de preferencias se han utilizado como herramientas de legitimación de versiones mediáticas sobre quién va ganando y quién va perdiendo o, peor aún, posibilidades de ganar o perder.

Lamentablemente el uso político de estos instrumentos ha generado que incluso las empresas que se dedican a realizarlos profesionalmente y cuyo nombre ha sido utilizado para intentar legitimar falsos resultados han tenido que desmentir no solo los resultados sino la realización misma de las mediciones.

Esta táctica utilizada por algunos candidatos y sus asesores ha terminado por deslegitimar la herramienta y genera desconfianza entre la ciudadanía que traslada este descrédito a los medios, informadores, páginas de redes sociales o cualquier otro mecanismo de difusión de las encuestas llegando a un punto en el que cada quien termina creyendo lo que quiere creer.

En el segundo escenario, aunque ha bajado un poco de nivel, en el debate de ayer Ricardo Anaya hizo notar los cambios en las declaraciones de López Obrador en temas como su relación con los empresarios o el asunto del aeropuerto; no es una cuestión menor porque significaría que Andrés Manuel ya no está pensando en ganar sino en gobernar.

El mismo AMLO mencionó en el debate que sí cancelará la reforma educativa emprendida por el gobierno de Peña Nieto aunque matizó en el sentido de que mantendrán las evaluaciones a los maestros, claro que realizándolas de otra manera; de igual forma el radicalismo contra la reforma energética bajó de tono y ahora solo menciona que se revisarán los contratos.

Pareciera que López Obrador, el de las campañas electorales ha entendido que una cosa es el discurso para el voto y otras las acciones de gobierno; tiene un gran capital político dado que no importa lo que diga, a quién sume a sus huestes o los ataques que reciba, no parece perder el apoyo de sus seguidores (algo que ya quisieran Cruz Azul, Chivas o cualquier otro equipo de la Liga Mx).

Por último la cuestión de las denuncias, un proceso que se ha ensuciado a raíz de las investigaciones judiciales por presunto lavado de dinero en contra de Ricardo Anaya y que ahora también contempla acusaciones contra Meade y López Obrador uno por presunto desvío de recursos, el otro por un supuesto enriquecimiento ilícito.

La cuestión es que más allá de que las autoridades judiciales deban hacer su trabajo o no, es lamentable el nivel al que están llegando las campañas políticas, pareciera que ya no se trata de ganar sino de hacer que el otro no gane.

A final de cuentas todo esto impacta de manera negativa en la de por sí ya dañada imagen que los mexicanos tenemos de las instituciones, los políticos y la actividad política en general; una cuestión que en definitiva impacta en el estado de ánimo y la percepción que tenemos de nosotros mismos como país.

Una vez terminado el proceso habrá que realizar una seria evaluación de daños y considerar que tras la elección del 1 de julio hay un país que debe salir adelante y no lo hará si terminamos, de nueva cuenta, divididos por resentimientos de malos perdedores o ganadores.

J. Israel Martínez Macedo