Hace algunas décadas al término de un sexenio presidencial se tenía casi la certeza de que habría una crisis económica. Este fenómeno no es exclusivo de México, ni del gobierno federal. Está bien documentado que los ciclos políticos inciden en los ciclos de gasto gubernamental, por ejemplo, y esto en algunas ocasiones tiene efectos significativos en la economía.

Uno de los factores importantes que contribuyen a las crisis económicas relacionado de fin de sexenio es la incertidumbre. En países con instituciones débiles, el poder se concentra desproporcionadamente en un grupo de personas, en el caso de México solía ser el presidente. Cuando el funcionamiento del gobierno depende tan fuertemente de un individuo, y no en la institución de la presidencia, el cambio de personaje en cada sexenio conlleva una fuerte incertidumbre sobre el nuevo rumbo que tomará el gobierno.

En los países con instituciones fuertes, donde la presidencia cumple con ciertas funciones elementales independientemente de la persona que ocupe el cargo, las expectativas son menos volátiles ya que se tiene la certeza de que las instituciones seguirán haciendo su trabajo. En los últimos veinte años México ha tenido grandes avances en la creación de instituciones más sólidas que han contribuido a reducir la incertidumbre a finales de cada sexenio, lo cual probablemente haya contribuido a que no hayamos tenido una crisis económica transexenal en este periodo.

Uno de los principales problemas de la revocación de mandato, cada dos años, por ejemplo, como propone López Obrador, es que elimina la certeza sobre la continuidad en el gobierno. Con periodos de seis años ya es difícil realizar los proyectos que el país necesita, por ejemplo, el nuevo aeropuerto. La revocación de mandato introduce una nueva capa de incertidumbre sobre un proceso político que ya de por sí no es el más terso del mundo.

Esto naturalmente crea incentivos para que el gobierno ponga menos atención en proyectos de largo plazo y priorice las políticas públicas que puedan tener un efecto inmediato en la población. Adicionalmente, la revocación de mandato muchas veces es tomada como un referéndum a todas las acciones del presidente. Esta visión dicotómica es problemática porque la mayoría de las personas no pensamos en blanco y negro. Uno puede estar en desacuerdo con algunas acciones del gobierno y de acuerdo con otras, pero convocar a elecciones de “todo o nada” crea una ilusión de que la mayoría del pueblo aprueba el actuar del presidente.

Al igual que la eliminación del fuero, este tipo de propuestas que aparentemente limitan el poder del político son engañosas y por lo general sólo buscan el aplauso fácil. En un ambiente de hartazgo con la clase política estas propuestas son una manera barata de conseguir aprobación entre el electorado. Antes de apresurarnos a celebrarlas, es necesario plantear los incentivos perversos que provocan, de otra forma corremos el riesgo de socavar las instituciones que tanto nos han costado construir.

Román Acosta Rodríguez