La semana pasada hablábamos de las consecuencias en el ámbito internacional de la guerra comercial iniciada hace unos días por los Estados Unidos. Cada uno de los países afectados, México incluido, tendrá que decidir una estrategia para responder a la agresión comercial norteamericana. Esto no sólo es de esperarse, sino que es permitido bajo los acuerdos suscritos ante la Organización Mundial de Comercio (OMC). La idea es que cuando un país impone barreras al comercio a algún otro miembro de la OMC, el país afectado tiene derecho a responder de manera proporcional con las tarifas que le resulten convenientes.

En el caso de México, los productos elegidos fueron el puerco, la manzana, el queso y whiskey. La razón que ya hemos escuchado es que estos productos son típicos de las regiones que apoyan a Trump, y que al haber elecciones intermedias el próximo noviembre, estas tarifas son la medida ideal para atacar al presidente. Esto es parcialmente cierto, y definitivamente sería un análisis casi completo con cualquier otro presidente, o con un presidente más convencional, pero Trump no es el caso. En primer lugar, esta lógica presume que al presidente de los Estados Unidos le interesa lo que suceda con el partido republicano en las elecciones intermedias y aunque Trump se ha mostrado en campaña apoyando candidatos del partido de Lincoln, lo cierto es que él es el primero en admitir que lo que le importa es su reelección e inclusive ha hecho declaraciones en contra de candidatos de su mismo partido.

El presidente de los Estados Unidos debería estar preocupado, después de todo la investigación sobre posibles crímenes cometidos durante su campaña aún no termina y el proceso para empezar un impeachment empiezan por el congreso, sin embargo, es evidente que no lo está o que le preocupan más otras cosas (comenzar una guerra nuclear con Corea del Norte quizá). Los verdaderamente preocupados son los líderes del partido republicano, sobre todo en el congreso y en el senado. Personajes como Mitch McConnell, presidente del senado, y Paul Ryan, presidente de la cámara de diputados, representan a los estados de Kentucky y Wisconsin, dos de los estados que se esperan absorban el mayor costo de los aranceles impuestos por México al whiskey y al queso. Por este motivo, no extraña que en Estados Unidos haya resurgido el debate sobre qué tanto poder debe realmente tener el presidente para imponer tarifas sin la autorización del congreso.

La situación política en los Estados Unidos se complica y no parece existir una salida fácil para el lío en el Donald Trump se ha metido. Por lo pronto, en estos días se estarán reuniendo las potencias del G-7, y se especula un frío recibimiento para el presidente norteamericano. Este problema escapa de la esfera de acción de México, y aunque sea frustrante, tal parece que por el momento no hay mucho que podamos hacer para terminar con el intercambio de golpes comerciales, nada más allá de seguir abriendo la economía en otros horizontes y  continuar negociando con dureza y dignidad como lo hemos venido haciendo hasta ahora.

Román Acosta Rodríguez