Hace un par de semanas diversos comentaristas ponían sobre la mesa la nominación de Donald Trump al premio Nobel de la paz. Esto debido a que la oficina del Ejecutivo en Washington anunciaba una reunión con el dictador norcoreano Kim Jong-un, donde se discutiría la desnuclearización de la península coreana. Algunas señales hacían pensar que existía la voluntad política para llegar a un acuerdo: Corea del Norte había liberado a cuatro prisioneros norteamericanos como una seña de buena voluntad, los líderes de las dos Coreas se habían reunido en la frontera en un acto protocolario e inclusive la hermana del dictador había viajado a Corea del Sur para presenciar los juegos olímpicos apenas hace unos meses.

Sin embargo, en tan sólo unas semanas la reunión se vino abajo y el día de ayer se anunció que se suspendía definitivamente. Existen diversas explicaciones sobre el motivo de tan súbito fin a las pláticas diplomáticas. Una de ellas es que Donald Trump está jugando una especia de ajedrez tridimensional en el que cada una de sus jugadas es meticulosamente planeada para ser consistente en cada uno de los frentes que tiene abiertos. La suspensión del acuerdo nuclear con Irán, la imposición de nuevas tarifas comerciales con China y la renegociación del NAFTA con México y Canadá serían todas estrategias finamente calculadas y coordinadas para ganar terreno ante sus rivales.

Otra explicación es que el magnate inmobiliario simplemente no sabe lo que está haciendo, y su manera de tomar de decisiones es más bien aleatoria. Esto podría ser explicado entre otras cosas, por su constante cambio en las posiciones de su gabinete. Después de despedir a su secretario de estado, la figura más cercana a la de canciller en Estados Unidos, el puesto duró vacante por semanas hasta que Mike Pompeo fue confirmado tras un proceso tortuoso en la cámara alta del congreso estadounidense. El ex director de la CIA es conocido por su actitud agresiva hacia las naciones que se niegan a acatar las órdenes de la potencia norteamericana, por lo que no sería raro que él haya sido uno de los promotores de la no-renovación del tratado nuclear con Irán.

En México, algunos analistas han interpretado la reciente decisión de Donald Trump de explorar un arancel del 25% a automóviles importados como un mecanismo para presionar a México y Canadá a aceptar los términos estadounidenses en la renegociación del NAFTA. Y aunque esto puede sin duda ser cierto, también es importante recordar que este arancel les aplicaría no sólo a los autos mexicanos sino también a los automóviles asiáticos y europeos. La relación de los Estados Unidos con países como Alemania y Japón, quienes se verían fuertemente afectados por este arancel, es demasiado importante como para arriesgarse a tener un conflicto comercial. Lo más probable sería que estos países lograran una excepción, así como la lograron después de las tarifas al aluminio que propuso Trump. Y aún si México no lograra una excepción como esta, ni alcanzara a renegociar el NAFTA, sería muy difícil para los Estados Unidos sostener las tarifas ante la Organización Mundial de Comercio.

Es casi imposible analizar las decisiones de Trump si se presupone que éstas vienen de un proceso de pensamiento estratégico y racional. Como ha mostrado una y otra vez, y más recientemente con el fiasco con Corea del Norte, esta presunción es difícil de justificar. En México corremos el riesgo de malinterpretar la motivación detrás de cada decisión, como las tarifas a automóviles, y de sobre reaccionar ante ellas en la mesa de negociación. De pronto en México nos serviría considerar la posibilidad de que estamos jugando ajedrez contra una paloma y no contra una potencia mundial.

Román Acosta Rodríguez