Román Acosta Rodríguez

El día de ayer el presidente de los Estados Unidos anunció que habrá nuevas tarifas para proteger a la industria acerera en su país, el esfuerzo por contener las importaciones de este producto no es nuevo y se remonta hasta el sistema de cuotas que comenzó hace varias décadas Richard Nixon.

En la última década, la atención se ha puesto en el crecimiento de China como exportador de este producto a los Estados Unidos, tanto directamente como a través de sus socios comerciales.

Bajo un escenario de competencia económica, el incremento en la producción de acero chino presionaría el precio mundial del acero a la baja, haciendo más delgados los márgenes de las acereras estadounidenses pero beneficiando a los consumidores de este producto.

Mientras esta expansión en la producción de acero chino sea motivada por una mayor eficiencia en la industria (menores costos o mayor productividad) no habría una razón de fondo para reclamar a China. La duda es precisamente si la producción china de acero es el resultado de una industria que compite libremente en el mercado global o si el nivel de producción la fija el Estado chino como si fuera una decisión de política pública.

La realidad probablemente se encuentre entre estos dos extremos, pero lo que es seguro es que Estados Unidos comenzará a proteger esta industria con más fuerza en el corto plazo.

Existen dos razones para hacer esto. La primera es la vieja historia de que el acero es una industria clave para la seguridad y el desarrollo nacional. Este argumento probablemente fue cierto durante la Revolución Industrial o durante las dos guerras mundiales, sin embargo actualmente el acero luce menos protagónico en ambos temas.

La segunda razón es que la industria del acero está altamente concentrada en los Estados Unidos y cuenta con sindicatos fuertes. Al estar concentrada en pocas empresas, éstas tienen una mayor facilidad para organizarse e influenciar la política comercial, algo similar a lo que sucede con los sindicatos.

Esta política proteccionista, por supuesto, no cae nada bien en la negociación del Tratado de Libre Comercio así que habrá que esperar la reacción de los gobiernos de México y Canadá, dos de los mayores proveedores de acero a los Estados Unidos. Por lo pronto, es de esperarse una reacción proporcional en algunos productos clave en la economía norteamericana, particularmente en los agropecuarios.

En el mejor de los casos Trump tendrá que recular ante la presión internacional como lo hizo Bush en su momento. En el peor, este podría ser el inicio de una larga y costosa guerra comercial.