En México nueve de cada diez indígenas se sienten discriminados por su condición.

No sólo nos disimulamos a nosotros mismos y nos hacemos transparentes y fantasmales; también disimulamos la existencia de nuestros semejantes.
– Octavio Paz.

A letra suelta. Vivimos en un mundo corroído, contaminado y herido; la corrupción, las desventajas económicas y las clasificaciones sociales han llenado de desventura nuestro afán del progreso, hundiendo al prójimo al verlo crecer o simplemente relegando su existencia por su género, cultura, sexualidad, apariencia, lengua o espacio territorial.

México es un país multiétnico y multicultural, un espacio repleto de contrastes, de elementos culturales y grupos sociales, que uno a uno aporta al progreso nacional, donde el trabajo por la sana convivencia debe ser un factor prioritario por construir. Sin embargo, a pesar de los múltiples avances y el fomento de una cultura por la inclusión, aún existen grandes distinciones, que parece, se niegan a ser erradicadas.

Irónico sería enlistar lo anterior, cuando abanderamos una lucha por la “igualdad” donde tomamos como punto de partida, ciertas situaciones de: origen étnico, género, edad, discapacidad, religión, salud, condición social o económica, estado civil, preferencias sexuales y más. A pesar del tiempo transcurrido y de enunciar nuestro amor por el país y su cultura, seguimos negando nuestras raíces, valores y cultura, cayendo en una aspiración citadina en la que sólo importa quien está cerca y no quien está lejos, vemos sólo lo evidente, lo que creemos real y lo que nos afecta en lo conveniente o en determinado tiempo, no lo que les afecta a quienes nos rodean en la aparente distancia, sí, a ellos, los que ignoramos o recordamos poco, recuerdo lo apuntado por Eduardo Galeano en, Las venas abiertas de América Latina:

“La ciudad hace aún más pobres a los pobres, porque cruelmente les exhibe espejismos de riquezas a las que nunca tendrán acceso, automóviles, mansiones, máquinas poderosas como Dios y como el Diablo, y en cambio les niega una ocupación segura y un techo decente bajo el cual cobijarse, platos llenos en la mesa para cada mediodía”.

Por lo anterior, nosotros carcomidos con el espíritu citadino, parecemos inventar nuestro futuro, y dar soluciones a nuestros problemas, no problemas a nuestras soluciones, cosa que sería un acto de fe, la realidad es que seguimos cayendo en la idea inconsciente del “aquí no pasa nada” y cruel es quien no conoce el problema, pero infame quién sabe de éste y no aporta soluciones.

El fenómeno discriminatorio, es un tema puntual, del cual son evidentes sus consecuencias, que escalan a limitar el desarrollo y acceso a nuevas oportunidades, pero que les encaminan al rechazo y menosprecio, mismo que no solo recae en situaciones de pobreza. Urge establecer una pauta de comunicación que vincule un análisis del estado del país en este sentido para ofrecer un diagnostico que coadyuve a diseñar estrategias políticas y sociales para erradicar la discriminación en todas sus formas.

Es lamentable que datos como el de la Encuesta Nacional de Seguridad apunten que nueve de cada diez indígenas en México se sienten discriminados por su condición, asimismo que el 90.3 por cierto asegure que tiene menores oportunidades de desarrollo, además de que el 45 por cierto asegure que no se les respeta sus derechos, la realidad, es que para sobresalir algunos han tenido que borrar sus raíces por completo, olvidar su lengua materna, dejar de lado su forma de verter y adaptarse a la promesa de progresos citadino.
Vale destacar que el 12 de junio de 2003 entró en vigor la Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación, su objetivo combatir el fenómeno discriminatorio y promover la igualdad de oportunidades, ¿habrá sido efectiva o es que quizá en la práctica aún hay mucho por hacer, a pesar de tener una teórica efectiva?

Quizá todo quepa una participación plural, en la que trabajemos por lo conveniente, no por el engrandecimiento de idiotas que sin quererlo empobrecen nuestra mente; planteo vernos en la igualdad, dejando de lado un problema social que aún permanece, la discriminación con el racismo; y pugno además, para trabajar por el crecimiento de un país que garantice derechos básicos a sus ciudadanos, no a sus representantes, no a sus explotadores, sí a su gente, un trabajo conjunto entre el Estado y la sociedad civil, en pro de la prevención y erradicación.

Pepe Abadiano T.