Tanto “chapulín” nos beneficia

23 de enero de 2018

J. Israel Martínez Macedo

En la batahola electoral y el día a día del reacomodo de fuerzas entre los grupos en pugna llama la atención el salto indistinto de derecha a izquierda y viceversa pero aún no alcanzamos a dimensionar los resultados a largo plazo de tales cambios y ajustes.

En su momento llegará el punto en que se debatan los temas que las izquierdas siempre han abanderado y han sido motivo de pugna con la derecha y más aún con la ultraderecha, entre otros y a modo de ejemplo: la legalización del aborto como derecho de la mujer a elegir sobre su cuerpo o las bodas entre personas del mismo género como ejercicio del derecho a la libre asociación.

¿Cuál será el posicionamiento del Partido Encuentro Social (ultraderecha) cuando Morena o López Obrador proponga leyes a favor de mayores libertades sociales y en contra de los preceptos religiosos que aún se mantienen escondidos en algunas leyes o prácticas legales de nuestro país?

¿Apoyaría Morena una propuesta del PES en donde se vulneren derechos fundamentales a cambio de mantener cierto estatus derivado de las tradiciones religiosas del cristianismo recalcitrante?

¿El PAN va a ir con el PRD en alguna de sus propuestas más radicales o determinará que siempre sí la alianza era meramente electoral y que en los proyectos de partido cada quien votar conforme a los principios de cada partido, es decir, sin ningún compromiso realizado en campaña?

En estricto sentido cuesta trabajo imaginar cómo serán los debates en las cámaras de diputados y senadores pero es muy factible que en este escenario también sea más fácil construir consensos en función de la cercanía y conocimiento que se tiene de los personajes que estarán a cargo de la toma de decisiones.

En cualquiera de los casos posibles es necesario exigirle a los partidos y, sobre todo, a los candidatos que haya definiciones claras sobre temas en controversia para que, como ciudadanos, podamos tomar decisiones informadas respecto al destino que buscamos para el país.

El proceso electoral es el único momento en donde los ciudadanos podemos influir en las decisiones del país, quizás no participemos directamente de ellas pero sí lo hacemos al elegir a una persona que cuenta con un determinado perfil y que será la única influencia real que tendrá peso al momento en que esa persona tenga que tomar de decisiones a nombre de todos nosotros.

La ida y venida de nombres y perfiles en los escenarios políticos nacional, estatales y municipales puede convertirse en un distractor muy importante para el electorado mexicano que está acostumbrado a elegir por partido en función de una identidad con la ideología que el mismo proponía a la gente, el rompimiento con esta ideología, no obstante, podría suponer un rompimiento con la identidad partidaria.

Miles de personas por todo el país manifiestan en público o privado la decepción de que sus partidos estén aceptando personajes que no comulgan con los supuestos criterios ideológicos que representa cada instituto generando un mayor número de electores que, en la orfandad de partido, podría optar por decidir respecto al candidato y ya no más por el instituto.

Este aparentemente insignificante cambio en la forma de la elección podría determinar un verdadero cambio de fondo en el que los ciudadanos procuren mayor información de los candidatos y sus propuestas, sus antecedentes, sus formas de pensar e incluso sus vicios y defectos para, entonces sí, tomar una decisión de quién quieren que los gobierne o represente.

Después de todo, este chapulineo de candidatos podría estar dándonos la oportunidad de aprender a seleccionar perfiles por encima de institutos, de fijarnos bien a quién apoyaremos en las urnas y, ¿por qué no? Olvidarnos de los partidos para enfocarnos en la persona que, en el momento de la verdad, tendrá que tomar las decisiones del destino de nuestro país.